
“Con la desquiciada furia de un perro que ha hincado los dientes en la pierna de un ciervo ya muerto y tira del animal caído hasta el extremo de que el cazador abandona todo intento de calmarlo, se apoderó de mí una visión: la imagen de un enorme barco de vapor en una montaña. El barco que, gracias al vapor y por su propia fuerza, remonta serpenteando una pendiente empinada en la jungla, y por encima de una naturaleza que aniquila a los quejumbrosos y a los fuertes con igual ferocidad, suena la voz de Caruso, que acalla todo dolor y todo chillido de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros. Mejor dicho: los gritos de los pájaros, porque en este paisaje inacabado y abandonado por Dios en un arrebato de ira, los pájaros no cantan, sino que gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean entre sí con sus garras de gigantes, de horizonte a horizonte, entre las brumas de una creación que no llegó a completarse. Jadeantes de niebla y agotados, los árboles se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal; y yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, estoy allí, profundamente asustado”.
Así arranca la introducción en Conquista de lo inútil (Blackie Books, 2010): Werner Herzog lo escribió como una especie de diario de rodaje (que lo es en menor medida) de la impresionante, apasionada, desquiciada, potente, vital y bucólica Fitzcarraldo (1982). La ví por primera vez con 11 o 12 años y jamás logré desprenderme de aquella imagen tan irreal y marciana del barco siendo transportado por cuerdas y cientos, miles de indios, por la ladera de una montaña en plena selva amazónica. Como perfectos complementos tenemos el documental de dicho rodaje, El peso de los sueños, de Les Blank (1982) y Enemigo íntimo, del mismo Herzog (1999).
Hay quien escribió que Herzog es un poeta que filma películas (él mismo dice algo parecido en la introducción del libro) y seguramente sea así, porque parece ser guiado -o arrastrado- por una pasión arrebatadora, tan propia de la poesía romántica alemana.
Ha filmado mucho, mucho, y no todo es digerible, pero tiene maravillas como los documentales Grizzly Man (2005, sobre un documentalista aficionado que fue devorado por un oso) y Encuentros en el fin del mundo (2007, sobre la base científica McMurdo, en la Antártida) un documental terriblemente bello, con esa blanca e hipnótica narración suya.
En Argentina dirían que es “un loco de la guerra” o un “loco lindo”… puede ser, no sé, no tengo la fortuna de conocerlo personalmente, pero espero que no se cure nunca, que siga dejándose guiar por sus sueños más locos, que siga haciendo lo que se le ocurra, porque lo hace muy bien.


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